Este texto expone el marco de reflexión del Programa Noria para México y América central. No tiene vocación exhaustiva, ni pretensión de aportar respuestas. Es la primera pieza colectiva de un proyecto de largo plazo que reúne a 27 mujeres y hombres, académicos, periodistas y fotógrafos que trabajan en, y sobre 6 países. Así, cada una de las temáticas brevemente expuestas en este texto se verán desarrolladas en futuros proyectos e iniciativas, y serán complementadas por una bibliografía abierta al público.

“Si tus fotos no son suficientemente buenas es porque no te has acercado lo suficiente”. Esta famosa frase del fotógrafo Robert Capa podría usarse para describir la forma en que, en la actualidad, se analiza la violencia en México y América Central.

En los últimos quince años, las tasas de homicidios en la región se han incrementado hasta alcanzar niveles escandalosos. Así como la(s) violencia(s) se ha(n) multiplicado, también lo han hecho los análisis que intentan explicar dicho fenómeno a través de lenguajes académicos, expertos o periodísticos. Aunque reconocemos el valor de estos trabajos, consideramos que muchos de ellos parten de perspectivas distantes, tanto física como analíticamente, que no permiten explicar las dinámicas que pretenden comprender. En este sentido, muchas veces adolecen de males parecidos a los que afectan las políticas de seguridad, nacionales y regionales.

Esta distancia, reforzada con posturas sobre la llamada “violencia criminal” o los “conflictos armados”, entre muchas más, ha perjudicado tanto el entendimiento analítico como ha influenciado las representaciones populares acerca de las dinámicas locales de seguridad, gobernanza y (des)orden en México y América Central. Así, se aceptan narrativas cada vez más generales y auto-reafirmantes en las cuales la violencia es un fenómeno a-histórico y a-social, que pertenece a un mundo oscuro, ubicado al margen de la sociedad sana y funcional.

La premisa política es clásica: el Estado sería el garante del monopolio de la violencia legítima. Sin embargo, la realidad social en la región – y en gran parte del mundo – no es ésta. No lo es ahora, y quizás nunca lo haya sido. De hecho, el proceso histórico de formación de los Estados y democracias de la región se ha desarrollado a lo largo de décadas de violencia pública y privada, tanto legítima como ilegítima, y enésimos ejemplos concretos, y bien documentados, de tortura, detenciones ilegales, ejecuciones, desapariciones y desplazamientos forzados para la consolidación del poder.

“Se aceptan narrativas cada vez más generales y auto-reafirmantes que presentan la violencia como un fenómeno a-histórico y a-social, que pertenece a un mundo oscuro, ubicado al margen de la sociedad sana y funcional.”

En este largo proceso, que sigue en curso, el Estado nunca reivindicó, en la practica, el famoso monopolio de la violencia legítima. Siempre lo ha compartido y/o delegado activamente con actores privados, legítimos e ilegítimos, que participan de la construcción del orden junto con autoridades públicas. Para entender las dinámicas sociales de la violencia que agitan los países de la región, debemos tomar cierta distancia respecto a la teoría clásica del Estado. Si queremos describir y entender lo que sucede en la realidad, tenemos que observarla tal y como es, no como teóricamente esperamos que sea.

Luego, gran parte de los acercamientos suponen que la tasa de homicidios – u otras variables cuantitativas – son la única vía para entender las causas y trayectorias de la(s) violencia(s). Aquí, la premisa es la siguiente: lo que no se puede medir, no se puede analizar. Y aunque en algunos casos los datos se acompañan de discusiones en las que se reconocen los límites – bien documentados – de estos registros, al final reproducen una noción de violencia particularmente limitada, que implica generalmente tres elementos distintivos:  1) un perpetrador claramente delimitado ; 2) un motivo claro (enfrentamiento, control territorial, conflictos sobre las “rutas de la droga”, cobro de cuotas, extracción ilegal de recursos, venganza y disciplina, entre otros) y; 3) una víctima cuyo rol oscila entre la victimización y la criminalización.

Los tres elementos, además, son construidos casi siempre a partir de lo que la fuente oficial informa sobre el suceso, sin que medie discusión alguna. Ahora bien, cuando el delito se atribuye a una “guerra” entre cárteles o pandillas, el perpetrador y la víctima son imposibles de distinguir. Ambos caen en la categoría de “gente violenta” que mata o muere porque sí, porque es parte de su razón de ser, porque persiguen un proyecto criminal racional, y porque eso implica formar parte del mundo del crimen, sea “el narco” o “las maras”.

Este tipo de análisis nunca atiende los factores estructurales que alimentan las prácticas violentas, crea una distancia moral entre los lectores y las víctimas o perpetradores de la violencia, e invisibiliza todas las dinámicas sociales que no se quieren, o pueden “medir”.

Igualmente, cuando se trata de “acercarse al campo”, nos parece preocupante el número de investigaciones y reportajes periodísticos que sirven como trofeos para la autora o el autor. En estos casos, el “trabajo de campo” se transforma en herramienta extractiva que selecciona a sus interlocutores y sus temas únicamente con base en su peligrosidad para después exponer las descripciones más gráficas y sensacionalistas posibles, obteniendo notoriedad a partir de la exaltación, exotización y voyeurismo de la violencia.

Nuestro objetivo: describir y analizar las dinámicas de violencia desde su complejidad, alejándonos de las grandes narrativas

El resultado son estudios que producen conclusiones relacionadas con “la violencia” a partir de sus manifestaciones más básicas – el homicidio o el delito – alimentado así posturas reactivas y poco estimulantes. El Programa Noria para México y América Central busca romper con estos paradigmas gracias a la producción y difusión de un conocimiento obtenido a través de la investigación independiente e inédita. Nos interesa diseñar, apoyar y conducir proyectos sustentados en trabajo de campo y de archivo, producido en condiciones rigurosas y éticas. Buscamos describir y analizar las dinámicas de violencia desde su complejidad, alejándonos de las grandes narrativas.

Se trata de tomar distancia del “festín interpretativo” –-retomando al escritor mexicano Carlos Monsiváis— de la violencia, a pesar de lo seductor y emocionante que pueda resultar. Desde esta convicción, argüimos que el análisis detallado de los contextos locales debe ser el punto de partida de este esfuerzo colectivo. Esto no implica negar o pasar por alto la magnitud e importancia de las crisis, u olvidarse de las articulaciones que existen entre las escalas locales, nacionales, e internacionales, sino apreciarla a partir de sus múltiples componentes.

A partir de estos comentarios, nuestra iniciativa está orientada por los siguientes ejes:

-1- Es imprescindible reconocer que las dinámicas violentas son localizadas. No existe una realidad que unifique a México o a los países de América Central. Existen configuraciones complejas y locales, que evolucionan en relación a obstáculos y oportunidades políticas, fluctuaciones de los mercados legales e ilegales, y al conjunto de dinámicas políticas que constituyen lo que llamamos el Estado, entre muchos otros factores. Es necesario dar cuenta, pues, de esas complejidades: no existen explicaciones simples y mecánicas de las crisis políticas que se observan actualmente en la región.

-2- Rechazamos las interpretaciones tipo juegos de suma cero que reducen todo a la oposición entre “el Estado y los criminales”, por ejemplo, y que consideran que dentro de las relaciones político-criminales hay un claro ganador y perdedor. Solo pueden fracasar al tratar de entender las vertientes sociales y políticas de las violencias porque omiten sus complejidades y fluctuaciones, y los procesos de co-construcción que la definen. La violencia se debe entender cómo una dinámica social y política, no como una reacción espontánea e individual, o un evento aislado.

-3- En la región, lo que se categoriza como grupos “violentos” o “criminales” no son nunca autónomos del poder político. Lo importante es precisamente entender los vínculos formales e informales que los conectan con autoridades e instituciones públicas. Éstos se construyen y se negocian constantemente, de forma violenta o no. Donde la gran mayoría de los análisis asumen, según los casos, pactos estables o conflictos absolutos, la realidad ofrece un caleidoscopio de colusiones, arreglos y disputas locales que son el fundamento de las relaciones entre la política y la violencia.

-4- Cuestionamos y ponemos a prueba las narrativas basadas en etiquetas que, de tanto repetirse, se toman por conceptos sólidos y se movilizan sin discusión. Por ejemplo, “el narco”, “las maras”, “los cárteles”, “la violencia criminal”: términos generales, usados hasta la saciedad, y ya vaciados de todo poder analítico. Hay centenares de grupos y organizaciones que han sido catalogados (y también se han catalogados a sí mismos) con estos términos sin reparar en las particularidades inherentes a cada uno de los fenómenos.

-5- Las categorías señaladas en el punto anterior pretenden transformar dinámicas heterogéneas en entidades uniformes y, en mayor o menor medida, predecibles. Este léxico presenta a dichos actores colectivos como organizaciones unificadas, piramidales y perfectamente racionales, lo cual nos parece problemático. Estos grupos, sean lo que sean, pocas veces siguen planes diseñados por un líder omnisciente y no están integrados por seguidores perfectamente obedientes. Además, sus estructuras, actividades y prácticas están constantemente negociadas, y evolucionan en el seno de una sociedad de la que no son ajenos: son parte de la sociedad y se configuran a partir de las oportunidades y obstáculos que otros interlocutores – por ejemplo, las autoridades públicas – les imponen o proveen.

-6- El dogma de la “guerra” o del “conflicto” refuerza las narrativas reduccionistas del “narco” o “las pandillas”, al tiempo que se alimenta de ellas. Igualmente, los análisis que explican las dinámicas sociales a través del foco único de la violencia, de un vocabulario inspirado en la guerra (insurgencia, grupos armados, conflicto armado y demás etiquetas más o menos refinadas) y a partir de conceptos como “Estado fallido” o “débil”, incluso cuando pretenden criticar “la guerra contra las drogas” terminan arando el camino de políticas de seguridad represivas. Al argumentar que la violencia es el producto de una debilidad, en general se deduce que la solución pasa necesariamente por más fuerza, lo que a la postre se traduce en más mano dura y militarización.

-7- En la realidad ni el Estado es un ente unívoco, ni la separación entre lo público y lo privado es nítida. Además, dado que eso que llamamos Estado es la suma de múltiples instituciones (empezando por sus fuerzas armadas y corporaciones policiacas), cuyos intereses convergen o divergen según las oportunidades. Los conflictos internos al Estado son continuos y en gran medida nutren las dinámicas de violencia que observamos en la región. Por eso las tensiones internas deben tomarse en cuenta en los análisis.

-8- Las violencias nunca son el resultado de una ecuación simple. Son la manifestación de múltiples procesos históricos y sociales que involucran actores públicos y privados. Por ende, las relaciones político-criminales no se pueden entender si partimos de la hipótesis de que la violencia es un obstáculo al orden social y a la democracia, o que el Estado es garante del control de la violencia. Así, por ejemplo, se ha documentado ampliamente que la formación del Estado, o el desarrollo económico y los modelos del capitalismo actual producen y se nutren de múltiples formas de violencia, física y simbólica, cuyas consecuencias (migración, desplazamiento, despojo, explotación laboral, entre muchas otras) alimentan ciclos de violencia. En muchos casos, el Estado es activo en el uso o la delegación de la violencia, incluido en sus formas más extremas. De nuevo, esto fue ampliamente documentado en México y América central.

-9- De ahí que la gobernanza local y el control social sean el producto de la colaboración, colusión y confrontación entre instituciones públicas y actores privados; y que la violencia siga siendo un recurso político crucial, especialmente al nivel más local, para la obtención o conservación del poder. Aunque estos escenarios no son nuevos en la región, en las últimas décadas su abundancia ha aportado aún mayor complejidad.

-10- Para lograr comprender las crisis que atestiguamos y, desde ahí imaginar respuestas, es indispensable identificar y estudiar las formas de gobierno y las múltiples soberanías – temas clásicos de la antropología – constantemente renegociadas, que operan de facto en la región. Así, finalmente, observamos que la seguridad, en México y América central, no es sinónimo de ausencia de violencia. En muchos casos se busca su regulación, y no su monopolización, a través de la colaboración, la delegación y la confrontación entre actores públicos y privados.

-11- Finalmente, es imprescindible poner atención en las experiencias de las víctimas. En toda la región, las comunidades que forman la ciudadanía –siendo este último un concepto absolutamente olvidado – viven violencias estructurales, coloniales y post-coloniales, de despojo, etc., que preceden y sostienen las violencias más visibles, formando lo que se ha llamado la “continuidad” de violencias. Es necesario reconocer la diversidad de manifestaciones que adquiere el sufrimiento humano, evitando estandarizar la manera en que se observa el daño, y por lo tanto el modo en que se imagina la justicia. Por ende, no se puede pensar la violencia y los daños que de ella derivan únicamente a partir de sus manifestaciones físicas o estadísticas.

El desafío: seguimos sin saber lo que sucede en muchos rincones de la región

Sin duda, en las ultimas dos décadas, las violencias se han transformado en México y América Central. Hoy se observan múltiples y simultáneas crisis; algunas muy ostensibles, la mayoría casi invisibles o invisibilizadas, siendo más precisos.

Éste es el principal desafío: seguimos sin saber lo que sucede en muchos rincones de la región. Principalmente porque los análisis disponibles carecen de fundamento empírico sólido que se desprenda ya sea de inmersiones regulares y sostenidas en el campo, vastas consultas en archivos, o bien, de la construcción de bases de datos cuantitativas más rigurosas.

Los mitos acerca del narco y de las maras pueden seguir alimentando relatos populares, inspirando series televisivas o incluso sosteniendo plataformas políticas; sin embargo, no aportarán explicaciones de cómo las y los habitantes de la región viven y se mueren.

Fundamos el Programa Noria para México y América Central para analizar estas dinámicas a través de un compromiso metodológico común: el conocimiento empírico, principalmente basado en la presencia en el campo a largo plazo y la investigación detallada a partir de la revisión de los archivos. Esta información se verifica y analiza minuciosamente, se discute y se enriquece colectivamente durante periodos largos que son indispensables para la comprensión de dinámicas tan complejas.

Renunciar a las narrativas simplistas también significa cuestionar la prisa por decir y concluir, antes que por comprender. Es un trabajo que implica una importante inversión en tiempo y recursos. Sin embargo, como nos lo han enseñado diversos investigadores, periodistas, activistas y fotógraf(o)as de cuyo legado seguimos aprendiendo, se trata de una apuesta que merece la pena, en aras de acercarse mejor a estos fenómenos. Sólo así seremos capaces de “fotografiarlos” mejor.

¿Quiere saber más acerca del Programa Noria para México y América Central?